Provincia de San Joaquín de Navarra. Carmelitas Descalzos

Rincón del misionero » Recuerdos de Malawi

30. 4. 2009 LAS PERSONAS SON LAS QUE CUENTAN

 

 
                                               ALBUN DE FAMILIA
 
 
Abro un nuevo capítulo en estos Recuerdos de Malawi. Siempre que revives un “hecho,” se te
agolpan caras y nombres, personas que fueron parte de lo que narras. Olvidas éxitos y fracasos, se evaporan fechas, pero nunca se borran de tu memoria las “Personas” que tanto significaron en nuestra aventura africana. Creo que las personas, con las que compartimos la vida, significan más en la historia de nuestras vidas, que los éxitos pasajeros que tanto nos gusta describir.
 
En los años 60, cuando los carmelitas entramos en escena, nos encontramos con un buen número de misioneros veteranos. Eran los grandes evangelizadores, que solo pensaban en “salvar almas” – sin perderse en registros, límites parroquiales, y otras menudencias organizativas. Hablaban las lenguas nativas con maestría, aunque ignoraran sus reglas gramaticales. Sus caras curtidas por el sol, la solemnidad de su barba, y sus hábitos blancos (que tenían más de barro que de blancos) eran sus señas de identidad. ¿Cómo olvidarlos?
 
Los líderes nativos, tanto catequistas como locales, merecen lugar destacado en todas las tareas de evangelización. Son ellos, ocultos en su anonimato, quienes esparcen las redes de la Buena Nueva. Son ellos quienes mantienen vivo el entusiasmo cristiano de las comunidades. Líderes como el Josefe Chikudzo, que tras patear 27 kilómetros de montes y valle, era el primero en todas las reuniones de catequistas. Y aquel Juliano de Mankhaka, líder vitalicio, que necesitaba unas chupadas de marihuana antes del sermón dominical. ¿Cómo olvidar al jefe local de Chiko, que para castigar a su mujer, escondió sus zapatos en el sagrario bajo llave?
 
Nuestros cristianos malawianos son una joya: sus caminatas, el entusiasmo de sus liturgias, esa sonrisa que aflora constante en sus caras. Son cristianos, que se sienten orgullosos de su fe a sol y a sombra. Ellos sí merecen nuestro agradecimiento y recuerdo: como aquella joven Mtumbuka, que llegó a Kapiri a las 8 de la mañana con dos criaturas recién nacidas. Al preguntarla de dónde venía - contestó sonriente: “Vengo del hospital de Mchinji, donde ayer tuve esta apareja.” Había recorrido 34 kilómetros, a pie, con ambas criaturas a cuestas.
 
Hay tantas caras, que nunca quisiéramos, olvidar! Tantas personas, que han acompañado nuestra aventura misional! Me gustaría que mis recuerdos fueran un pequeño homenaje a esos hombres y mujeres, que alegraron nuestros días de Malawi.
 
S.Goicolea     
 
   
 

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