1/2/10 Lunes de la cuarta semana (Mc 5, 1-20)
1/2/10 Lunes de la cuarta semana (Mc 5, 1-20)
Un hombre con espíritu inmundo. Moraba en los sepulcros, hiriéndose con piedras.
Es una muy buena imagen de tantos seres humanos que siguen caminos de autodestrucción. Tantas adicciones que degradan a la persona; que huelen a muerte y putrefacción.
Resulta llamativo el comportamiento de este hombre ante Jesús. Corrió y se postró ante él, y gritó con fuerte voz: ¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo?
Cree en el poder de Jesús. Jesús le atrae con fuerza. Pero le pide que le deje en paz. Es algo contradictorio. Es algo frecuente en ciertas enfermedades psiquicas. Aunque todos vivimos algo de esta contradicción: Jesús sí; pero tampoco demasiado.
Jesús mira lo más profundo de la persona; mira más allá de esa fuerza destructora que le tiene sojuzgado a aquel hombre. Resulta fácil evocar al Pablo que se lamenta: ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Rm 7, 24).
Había cerca una gran piara de cerdos.
Mejor interpretar todo lo referente a los cerdos en sentido figurado; con el hijo pródigo, y su horizonte de cerdos.
Los cerdos y mis servidumbres, de las que tanto me gustaría liberarme; y que no sé, con certeza, hasta qué punto están ahí por culpa mía. Sé con toda certeza que esos cerdos desaparecen cuando me acerco a Jesús. Y que se ahogan.
Todo esto sucede en la patria de los gerasenos.
No son lugares en los que se mueve Jesús. De hecho, al final, los gerasenos, muy correctos ellos, le pedirán que abandone su territorio. Prefieren los cerdos. Son gente educada y razonable. Pero están más lejos que el endemoniado de la experiencia de salvación que trae Jesús.